Me sentía confuso, porque no ha sucedido nada pero mi cuerpo detestaba el movimiento, quería acurrucarse burdamente en una esquina en la que no se le pudiera observar y mucho menos señalar. Sentía el bolígrafo rechazando mis historias, mi pecho evitando mi sonrisa -la cual, poco a poco desapareció-, ¿qué sucedía en este nuevo sentir que abatía las buenas sensaciones?. ¿Por qué tendría que preguntar eso si era yo mismo el que lo sentía? pues ahí entré en una espiral, hacia dentro, hacia el dolor y la desesperación.
Miré a través del cristal de mi ventana, sin darme cuenta que no es trasparente del todo, no pensaba con claridad -era de noche-, no veía con claridad -no pensaba-, ¿qué ronda? Será nuevo pienso de nuevo, intenté salir a pasear bajo el sol radiante, para que aclare mis ideas, vaya, no pude -era de noche-. Cerebro reacciona, ¿qué ocurre en mi pecho? No entiendo nada, mi corazón se bloqueó y no me deja averiguar lo sucedido. Dímelo, por favor...
Pero de repente, un temblor en mis manos no me dejaba escribir con certeza, aunque no tuviera ninguna coherencia lo que mi pluma iba tallando en el papel, sentí un mar de emociones que subía desde mi interior, desde mi estómago, como una araña hábil reptaba por mis órganos, escaló cual cuerda mis cervicales. Mi confusión aumentó de manera exponencial, ¿qué busca ahí arriba ese mar?. Nada.
Desde mi sien saltó y como un plomo aterrizó en mi corazón, volcó -y se destrozó-, era un alud de emociones, miles aunque con el mismo nombre. Dolían, acuchillaban, dagas ardientes que no salían de ahí. Se retorcían y no dejaban que latiera como siempre, radiante. Ese sentimiento me quitó las ganas de salir, ver el sol e incluso de ver gente. Cerré la puerta de mi habitación -era de noche- para que nadie entrara. Quería estar solo -y contigo-, que nadie me molestara, porque no sabía exactamente por qué -o sí- anoche lloré.